martes, 8 de noviembre de 2016

Fragmento de El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares #2

El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

Ransom Riggs

Fragmento extraído del capítulo Ocho

(SPOILERS)


Era la habitación de una jovencita pulcra que no tenía nada que ocultar, o eso parecía hasta que encontré una sombrerera dentro del armario. Estaba atada con un cordel y en la parte delantera habían escrito con un lápiz de cera: "Personal. Correspondencia de Emma Bloom. No abrir."
Era como agitar un trapo rojo ante un toro. Me senté en el suelo con la caja en el regazo y desaté el cordel. Estaba repleta de cartas, todas de mi abuelo.
Mi corazón se aceleró. Esta era exactamente la mina de oro que había esperado encontrar en la casa en ruinas. Por supuesto, me sentía mal por fisgonear, pero si la gente que vivía allí insistía en mantener cosas en secreto, bueno, yo tendría que encontrar la información por mi cuenta.
Quería leerlas todas, pero temía que alguien me sorprendiera, así que les eché un vistazo por encima para obtener una perspectiva general. Muchas eran de principios de la década de los cuarenta, de la época en que el abuelo Portman estuvo en el ejército. Un muestreo al azar me reveló que eran largas y ñoñas, llenas de declaraciones de amor y desmañadas descripciones de la belleza de Emma en el, por entonces, inglés chapurreado de mi abuelo ("eres bonita como flor, el olor es bueno también, ¿puedo coger?"). En una incluía una foto de sí mismo posando encima de una bomba con un cigarrillo colgando de los labios.


Con el paso del tiempo, sus cartas se volvieron más cortas y menos frecuentes. Llegados los cincuenta, había tal vez una al año. La última estaba fechada en abril de 1963; dentro del sobre no había carta, sólo unas cuantas fotografías. Dos eran de Emma, instantáneas que había enviado y que él le había devuelto. La primera era de los primeros tiempos -una pose jocosa para responder a la suya-; en ella estaba pelando patatas y fingiendo fumar en una de las pipas de Miss Peregrine.

La siguiente era más triste e imaginé que la había enviado después de que mi abuelo no hubiera escrito durante un tiempo.

La última foto -la última cosa que él le había enviado, de hecho- mostraba a mi abuelo en la madurez, sosteniendo a una niña.
 
Tuve que mirar detenidamente la última foto durante un minuto antes de comprender quien era la niña. Era mi tía Susie, que tendría unos cuatro años por aquel entonces. Después de eso, no había más cartas. Me pregunté durante cuanto tiempo habría seguido escribiendo Emma a mi abuelo sin recibir respuesta y qué habría hecho el con las cartas. ¿Las habría tirado? ¿Las habría escondido en alguna parte? Seguramente, tenía que ser una de esas cartas la que mi padre y mi tía habían encontrado de niños, la que les hizo pensar que era un mentiroso y un tramposo. Qué equivocados estaban.
Oí un carraspeo a mi espalda, y al volerme me encontré a Emma, me miraba furibunda desde la entrada. Me apresuré a recoger las cartas, ruborizándome, pero era demasiado tarde. Me habían pescado.
- Lo siento. No debería estar aquí.
- Me doy perfecta cuenta de eso -dijo ella-, pero por favor, no dejes que interrumpa tu lectura. -Fue hasta la cómoda con paso firme, sacó violentamente un cajón y lo arrojó con gran estrépito al suelo-. Mientras estás en ello, ¿por qué no les echas un vistazo a mis bragas también?
- Lo lamento mucho -repetí-. Jamás hago este tipo de cosas.
- ¡Oh, no me sorprendería! ¡Demasiado ocupado espiando tras las ventanas de las señoras, supongo!
Se irguió amenazadora por encima de mí, temblando de cólera, mientras yo pugnaba por meter todas las las cartas de vuelta en la caja.
- Existe un sistema mejor, ¿sabes? ¡Dámelas, lo estás desordenando todo!
Se sentó y me empujó a un lado, vaciando la caja sobre el suelo y clasificando las cartas en montones con la velocidad de un empleado postal. Pensando que era mejor cerrar la boca, la observé mansamente mientras trabajaba.
Cuando se hubo tranquilizado un poco, dijo:
- De modo que quieres saber cosas sobre Abe y yo, ¿es eso? Porque podrías haberte limitado a preguntar.
- No quería husmear.
- Eso es poco creíble, ¿no te parece?
- Supongo.
- Así pues, ¿qué es lo que quieres saber?
Pensé en ello. En realidad no sabía por donde empezar.
- Solo... ¿qué sucedió?
- De acuerdo pues, nos saltaremos todas las partes agradables e iremos directamente al final. Es simple, en realidad. Se fue. Dijo que me amaba y prometió regresar un día. Pero jamás lo hizo.
- Pero tenía que marcharse, ¿no? ¿A la guerra?
- ¿Tenía que hacerlo? No lo sé. Dijo que no sería capaz de vivir consigo mismo si no hacía nada mientras a su gente la perseguían y mataban. Dijo que era su deber. Supongo que el deber significaba más para él que yo. En cualquier caso, esperé. Esperé y me inquieté durante toda esa guerra sanguinaria, pensando que cada carta que llegaba era la noticia de su muerte. Entonces, cuando la guerra terminó por fin, dijo que le era imposible regresar. Dijo que se volvería loco de atar si lo hacía. Dijo que había aprendido a defenderse en el ejército y que ya no necesitaba una niñera como el Pajaro para que cuidara de él. Se marchaba a Estados Unidos a crear un hogar para nosotros y luego me enviaría a buscar. Así que seguí esperando. Esperé tanto que si de verdad hubiera ido a reunirme con él, habría tenido cuarenta años ya. Para entonces, él había conocido a una persona corriente. Y ahí, como se dice, acabo todo.
- Lo siento. No tenía ni idea.
- Es una vieja historia. Ya no la saco a relucir muy a menudo.
- Le culpas por estar atrapada aquí -dije.
Me dirigió una mirada inquisitiva.
- ¿Quién dice que estoy atrapada? -Entonces suspiró-. No, no le culpo. Solo le echo de menos, eso es todo.
- ¿Todavía?
- Cada día.
Terminó de clasificar las cartas.
- Ya está -concluyó, cerrando la tapa sobre ellas con un golpe seco-. Toda la historia de mi vida dentro de una caja polvorienta en un armario.
Inspiró profundamente y luego cerró los ojos y se pelizcó el puente de la nariz. Por un momento casi pude ver a la anciana ocultandose tras sus facciones tersas. Mi abuelo había pisoteado su pobre y dolorido corazón y la herida seguía abierta, incluso después de tantisimos años.
Pensé en rodearla con mis brazos, pero algo me detuvo. Ahí estaba esa muchacha hermosa, divertida y fascinante a quien, milagro de milagros, yo parecía gustarle de verdad. Pero ahora comprendí que no era yo quien le gustaba. Otra persona le había roto el corazón y yo no era más que el sustituto de mi abuelo. Eso es suficiente para enfriar a cualquiera, no importa lo atraído que te sientas.

4 comentarios:

  1. Buenas, vengo de la Iniciativa Seamos Seguidores, a través de la cual he conocido tu blog. Ya te sigo, te dejo por aquí el link de mi blog por si quieres pasarte a echarle un vistazo y si te gusta seguirme de vuelta http://booksxland.blogspot.com.es/
    Saludos xxL.

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    1. Por supuesto que te sigo y más ahora que he entrado y veo que tu última entrada es de El principito Ya me quedo por ahí. Un beso ^^

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  2. Hola!
    Éste libro pude disfrutarlo muy poco, hubieron pasajes que me gustaron, el resto de la historia me aburrió y pareció lenta... y el final... la verdad que podría haber sido mejor trabajado y no tan abrupto.

    Saludos!

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    1. A mí sí me gustó, pero coincido contigo en lo del final. Recuerdo que me quedé a lo... ¿Eing? ¿Ya está? ¿Y ahora qué? En cambio, si has visto la película, el final es más cerrado. Saludos ^^

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