domingo, 6 de noviembre de 2016

Fragmento de El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares #1

El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

Ransom Riggs

Fragmento extraído del capítulo Cinco


"¿Por qué me enviaste aquí? ¿Qué era lo que necesitabas que viera?"
Entonces reparé en algo debajo de una de las camas y me arrodillé para mirar. Era una maleta vieja.
"¿Era tuya? ¿Es lo que subiste al tren la última vez que viste a tu padre y a tu madre, cuando tu primera vida se te escapaba?"
Tiré de ella para sacarla y manipulé desmañadamente sus destrozadas correas de cuero. Se abrió con facilidad..., pero salvo por una familia de escarabajos muertos, estaba vacía.

Me sentí vacío, también yo, y extrañamente pesado, como si el planeta girara demasiado deprisa, aumentando la gravedad, tirando de mí hacia el suelo. Exhausto de repente, me senté en la cama -su cama, quizá- y por motivos que no soy capaz de explicar, me tendí sobre aquellas sábanas mugrientas y clavé la mirada en el techo.
"¿En qué pensabas, tumbado aquí por la noche? ¿También tú tenías pesadillas?"
Empecé a llorar.
"Cuando tus padres murieron, ¿lo supiste? ¿Pudiste sentir cómo se iban?"
Lloré con más fuerza, no quería hacerlo, pero no podía parar.
No podía parar, así que pensé en todas las cosas malas, pensé con intensidad en toodas esas cosas, más y más, hasta que me puse a llorar con tanta fuerza que tuve que dar boqueadas para poder respirar entre sollozos. Pensé en cómo mis bisabuelos habrían muerto de inanición. Pensé en cómo habían arrojado sus cuerpos a incineradoras una gente a la que no conocían pero que les odiaba. Pensé en como los niños que vivían en la casa se habían abrasado y saltado por los aires porque un piloto a quien no le importaban había pulsado un botón. Pensé en como le habían arrebatado a mi abuelo su familia y en cómo debido a eso mi padre creció sintiendo que no tenía padre. Pensé en mí, en que padecía estrés agudo, en que me consumían las pesadillas y que ahora estaba sentado solo en una casa que se caía a trozos derramando lágrimas ardientes y estúpidas por la camiseta. Y todo debido a una gran pena acumulada durante setenta años que de algún modo me había sido transmitida, como si se tratara de alguna herencia ponzoñosa, a unos monstruos a los que no podía combatir porque estaban todos muertos, a los que ya no podía ajusticiar ni castigar ni someter a ninguna clase de juicio. Al menos mi abuelo había podido alistarse en el ejército e ir a luchar contra ellos. ¿Qué podía hacer yo?

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